Morriña by Emilia Pardo Bazán — Read

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Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del chocolate.

El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!

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