Explore "Morriña" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Doña Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad.
Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le tuvo por un chiquilicuatro, un rapaz, ahora estaba á sus órdenes, sumisa, como esclava verdadera. Con la madre, por más amante y tierna que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia.