Explore "Misterio" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Antes que el incauto marqués de Brezé, cruzaremos nosotros el Estrecho y nos trasladaremos a Francia y a París. Estamos en el despacho del ministro superintendente de policía, barón Lecazes; salón severa y ricamente amueblado al estilo más puro del Imperio. El poder del gran Corso, definitivamente hundido después del efímero paseo de los Cien días, sobrevivía en el mobiliario y el arte en general; sólo en las letras lo había destronado el joven romanticismo, con su espíritu a la vez apasionado, rebelde, diabólico y religioso.
¿Cómo no habían de estar amuebladas al gusto del Imperio las habitaciones de Lecazes, si eran las mismas de Fouché, el célebre ministro de policía de Napoleón, el segundo poder, y quién sabe si tras la cortina el primero de aquel vertiginoso período en que la policía llegó a su apogeo, el único hombre que realmente conoció la historia de su época? Lecazes, según fama, aprovechó la ingeniosa instalación de su predecesor, maraña laberíntica de pasillos, puertas secretas, escaleras excusadas, cuartitos ocultos en el espesor de las murallas y hasta verdaderos calabozos, donde un sujeto peligroso esperaba a oscuras, trabado de esposas y grillos, ser llevado a la presencia del todopoderoso Superintendente. Había tocadores, armarios y roperos que contenían los elementos de toda suerte de disfraces, y hasta se susurraba que existía un arsenal de tortura muy completo, con ruedas dentadas a la portuguesa, cuñas de acero a la austriaca, erizos de púas a la inglesa, pesas de plomo en cuerda a la española, cascos de metal a la prusiana y, otros artefactos no menos terroríficos. No hallando manera de comprobar estos rumores, no podremos responder de su veracidad; sólo diremos que los difundían los Carbonarios que entonces pululaban; y tampoco nos atreveremos a afirmar que en efecto existiese en los dominios de Fouché cierto laboratorio de química, donde un enigmático doctor, venido de Oriente según decían, prestado por el Gran Turco, confeccionaba licores y zumos de hierbas que destilaban en las venas el letargo, la insania o la muerte. Todo ello tiene corte de leyenda. No queremos adquirir grave compromiso ante los eruditos que no dan crédito sino a lo constante en documentos -olvidando que precisamente las cosas más transcendentales y dramáticas son aquellas de las cuales se procura y suele conseguirse que no quede ni rastro.