Misterio by Emilia Pardo Bazán — Read

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En medio de la constante ansiedad de Amelia, a quien devoraba la calentura al pensar qué estaría sucediendo allá en París, un nuevo cuidado empezó a inquietarla, después de la marcha de Luis Pedro y Giacinto: la transformación que iba verificándose en su único actual defensor, Juan Vilain. No era que el bretón se permitiese ninguna demasía; su actitud exageraba el respeto; como el devoto ante la imagen, aparecía prosternado. Pero el devoto tenía ojos, y los ojos le rebrillaban y se iluminaban, a semejanza del mar bajo el rayo de la luna, al fijarse en el rostro de Amelia; el devoto tenía manos, y las manos le temblaban al presentar a Amelia la comida; el devoto tenía cuerpo, y ese cuerpo se estremecía visiblemente al hallarse cerca de la hija de Dorff. Sin género de duda, aquello era amor; un amor fanático e insensato, dominado por la voluntad, pero capaz de desbordarse al menor pretexto.

Amelia, al percibir el estado de ánimo del bretón, por instinto aumentó la distancia moral que de él la separaba. No más salidas al bosque por el camino subterráneo, el amigo; no más correrías por las salas, pasadizos y desvanes empolvados del castillo de Picmort, con tanta curiosidad registrados antes. Un miedo mal definido se había apoderado de Amelia. Temía encontrarse a solas con Vilain en el imponente salón de retratos o en la perfumada penumbra, oliente a humedad y a cera, de la capilla. La fuerza hercúlea del mozo, sus pupilas chispeantes, la asustaban. Se redujo a no salir de las habitaciones que llamaba suyas: el tocador de la marquesa, siempre cerrado; el gabinetito contiguo, donde jugaba y se lavaba y vestía Baby Dick, y el piso alto del torreón, al cual se subía por una escalera de caracol bastante empinada con el tocador mismo.

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