Ellas querían ungir el cuerpo de Jesús

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El camino de estas mujeres en la mañana del domingo condensa el camino que, ininterrumpidamente, realizó el pueblo de Dios desde el momento en que Abram comenzó su itinerario "sin saber a dónde iba" (Heb 11, 8; Gen 12, 1). ¡Cuántas veces, durante estos siglos, la promesa se diluía en la cotidianeidad de la vida, en las dificultades, en las guerras, en exilios, deportaciones y esclavitud.! Sin embargo el pueblo siguió llevando en sí, tantas veces sin saberlo, el germen de esa victoria prometida. Durante esta noche hemos recorrido someramente aquel camino para reavivar nuestra memoria y, ahora con las mujeres, andamos este trecho de soledad y dolor, de servicio piadoso al Muerto. Ya escuchamos que ellas querían ungir el cuerpo de Jesús y que eran conscientes de la gran dificultad que podría frustrar su intento: la piedra. "Era una piedra muy grande" dice el Evangelio (Mc 16, 4). Y entre lo que querían hacer y la dificultad de la piedra se repite el sino de Abram: van, pero sin saber bien dónde, sin saber si podrán lograr su cometido.

Luego, lo imprevisto. La preocupación sobre la piedra se desvanece al ver que había sido corrida. La dificultad se vuelve puerta de entrada, la duda aflora en horizonte prometedor. la sorpresa engendra esperanza. La vetustez de la promesa explota en esa juventud que anuncia lo nuevo: "Ustedes buscan a Jesús de Nazareth, el Crucificado. Ha resucitado. No está aquí" (Mc 16, 6). Lo que era muro e impedimento se transforma en nuevo acceso a otra certeza y a otra esperanza que las pone nuevamente en camino: "Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que Ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se lo había dicho" (Mc 16, 7).

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