Los Apostólicos by Benito Pérez Galdós — Read

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Deseoso de que su dicha fuera realidad dentro del más breve plazo, D. Benigno arregló sus papeles y pidió los de Sola que estaban en un pueblo del reino de León. Entretanto que venían aquellos malhadados documentos, sin los cuales no es posible encender cristianamente la antorcha de Himeneo, los futuros cónyuges vivían en intimidad honesta y dulce, en una especie de luna de miel de la amistad, en pleno reinado de la paz doméstica, cuyos encantos se multiplicaban con la deliciosa existencia campesina. Los días pasaban empujándose suavemente unos a otros y cada uno de ellos tenía sobre sus propias alegrías la esperanza de las alegrías del siguiente. Nunca faltaba una operación de labranza, un paseo al monte, una merienda en las praderas del río, y nunca como en aquellas gratas ocasiones se le venían a la memoria al buen Cordero los pensamientos del filósofo de la libertad y la naturaleza. Tan pronto recitaba aquel pasaje en que Rousseau encomia las dulzuras de la amistad como aquel otro en que hace el panegírico de las comidas rústicas preparadas por el ejercicio, sazonadas por el apetito, la libertad y la alegría. El anatema de los convites urbanos no es menos enérgico que la apología de las meriendas sobre la hierba.

Emprendiéronse las reformas de la casa con gran actividad. Cordero encargó a Madrid los regalos con que pensaba expresar a Sola la pureza de su afecto y la enormidad de su admiración. También ella hacía sus preparativos, aunque en pequeña escala, pues quería que los nuevos dominios que iba a poseer se rigieran por la ley de sus dominios antiguos que era la modestia.

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