Página rota by Joaquín Dicenta — Read

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Eran fastuosas las cenas con que Goicoechea obsequiaba a sus auxiliares. Aquel hombre nació para hacer en grande las cosas; no fue por su culpa si la empresa de la ópera nacional fracasó. Tampoco la tuvieron los dramaturgos y los músicos a quien pidió ayuda. Todos cumplieron honradamente su misión. Los propios cantantes, dicho sea en su elogio, anduvieron menos engorrosos y exigentes de lo que suelen ser. Faltó para el éxito el apoyo de los de arriba, de los que llenan el teatro Real para oír ópera extranjera, de los que subvencionan ese teatro, y no tuvieron entonces para el nuevo más que un despectivo encogimiento de hombros.

Por eso, más que por falta de dinero o por mala distribución y empleo a destiempo del que había, vino aquella derrota, en la que autores y músicos perdieron ilusiones y tiempo y Goicoechea su última peseta. Lejos de España está, peleando por rehacer su deshecha fortuna. Quizás algún día le veamos regresar triunfante y poderoso. Quien entró en Madrid con alpargatas y supo, de una aventura en otra, llenar de cheques su cartera, bien puede alzarse de la ruina y tornar a ponerse las botas y volver, con las botas puestas, a Madrid.

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