En semana santa by Emilia Pardo Bazan — Read

Explore "En semana santa" by Emilia Pardo Bazan on Textopian. Read with annotations and highlights.

A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las escaleras del cadalso. Y criminales eran -- aunque criminales triunfantes y coronados por el ciego destino -- Conrado y Preciosa. El que, después de largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto impregnado de olores á medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante, era el esposo de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que de común acuerdo le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre á Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades de anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho á la gratitud y al respeto más tierno y grave., ya que otros sentimientos vehementes no pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente., después de advertir á Preciosa que quedaba instituída su única heredera, y que, si no sentía repugnancia por Conrado, á quien él miraba como hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse á la terminación del luto.

Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca y apoyando sus manos ya frías en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera que recobró ánimos, y reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese picadura de víbora, se retiró al fondo de la alcoba, y dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez á la cabecera del lecho. «Conrado, mira, soy yo quien te lo ruega en este momento solemne. No dejes desamparada á Preciosa. Que sea tu mujer, y quiérela y trátala. como la quise yo. Siquiera por el día en que estamos., dame palabra.» Y Conrado, balbuciente, sólo pudo barbotar: «La doy, la doy.» Lució una chispa de contento en las apagadas pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos, no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que precedía á la estancia mortuoria. El sacerdote, que salía, le tocó suavemente en el hombro.

Reading navigation