La hermana de la caridad by Emilio Castelar

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El barquichuelo comenzó a cortar las ondas.

Eduardo manifestaba una alegría extraordinaria. El cielo comenzaba a despejarse. Su azul tomaba una claridad más hermosa después de la tempestad. Las nubes huían como manadas de blancas águilas. El sol inflamaba ya con su color sonrosado, con sus matices de ópalo y grana, los bordes del horizonte. Las aves, como alabando a Dios por haberlas salvado, gorjeaban, y sus acentos eran repetidos por las brisas que henchían la blanca vela. El campo, a pesar de la tempestad y en medio de la gran inundación, mostraba sus árboles más verdes, más hermosos. El mar se apaciguaba, gemía un poco a manera de un niño que se duerme y lucha con el sueño, y reflejaba el cielo, que es también el amor de los mares. Estaba tan claro, tan hermoso, tan transparente el fondo, que, al mirarlo, se veían las algas, las conchas marinas, los helechos y los peces de mil colores que en sus líquidos cristales jugueteaban; todos esos millares de seres que muestran cuán fecunda, cuán grande, cuán hermosa es la vida; la vida, cuya eterna fuente es Dios.

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