Los ministros ejemplares by Hector Hugh Munro

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Aunque todavía no había cumplido veinte años, resultaba evidente que el Duque de Scaw acabaría siendo muy distinto del resto de los miembros de su familia. No obstante, tal afirmación no se refería a su aspecto externo, pues, no en vano, éste se ajustaba perfectamente al modelo que imperaba desde hacía años en la estirpe. Le gustaba adornar su cabeza con sombreros que hacían pensar ligeramente en la moda del siglo pasado mientras, en el extremo opuesto de su cuerpo, sus zapatos albergaban dos pies que parecían especialmente diseñados para la equitación, afición ésta que había acompañado a la familia durante generaciones. Además, solía vestir los mismos calcetines llamativos que los demás miembros de la casa y, cuando estaba en reposo, su pose recordaba a la de la madre de Whistler, cuya serenidad suele sentar tan bien a un rostro tan joven.

Era en el interior donde residía el problema (si es que así se lo podía llamar) que diferenciaba al duque de los demás chicos de su edad, pues era un muchacho profundamente religioso. No obstante, no lo era en ninguno de los sentidos habituales de la palabra, pues apenas le hacía caso a la Iglesia y a su forma de interpretar el mundo, y se mantenía al margen de todos los movimientos, cultos y cruzadas del momento, los cuales no le provocaban otra cosa que una enorme indiferencia. Sin embargo, a su propia manera entre mística y práctica, la cual le había resultado sumamente útil a lo largo de toda su infancia, era un muchacho profundamente religioso. Y aunque sus familiares procuraban disimularlo cuando él se hallaba presente, tal circunstancia, como era natural, los tenía a todos tremendamente preocupados.

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