El Abuelo by Benito Pérez Galdós — Read

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Bosque.

EL CONDE.- (Solo, paseando lentamente.) ¡Qué hermoso día!… aire manso y tibio, cielo claro, las nubes replegadas sobre el horizonte, el mar azul, tendido, adormilado… el bosque en silencio. ¡Qué solemne tranquilidad! El paso del hombre no ensucia este cuadro grandioso y puro… (Mira hacia el sendero que corta el bosque en dirección a Jerusa, y detiénese, creyendo sentir voces.) ¿Vendrán las nenas de paseo? Pareciome oír sus voces lejanas… El corazón me ha saltado en el pecho… No son ellas, no. Es que el bosque tiene ruidos extraños, modulaciones misteriosas que a veces semejan llanto de niños, a veces risotadas de muchachas que anduvieran volando entre el ramaje. (Óyense, en efecto, voces, risas.) ¡Ah! ¿Serán ellas? No… son insectos o no sé qué animaluchos, que remedan la voz humana. (Aparecen mujeres del campo, charlando y riendo.) Por allí vienen… Pero no son ellas. Esas voces ordinarias no son las de las graciosas niñas de Albrit. (Pasan las aldeanas y le saludan respetuosas; EL CONDE contesta con afecto paternal al saludo.) Adiós, hijas; que os divirtáis mucho… (Sigue andando.) Ya estoy solo otra vez… No sé qué voz del alma me dice que no vendrán por aquí mis chiquillas. ¡Cómo han de venir las pobres, si toda la mañana las tienen encerradas con el preceptor, un simple, a quien se paga para embrutecerlas! Pero no conseguirán haceros idiotas, ¿verdad, hijas mías?… (Suspirando.) ¡Nell, Dolly!, ¿cuál de vosotras es mi nieta, heredera de mi sangre y de mi nombre? (Deteniéndose y cruzando las manos, dolorido.) Señor, ¿las amo o las aborrezco? En mi corazón hay plétora de amor a mi descendencia. Pero la certidumbre de que una de las dos, una… no es de ley, me vuelve loco… No, no es esto locura, no puede serlo; esto es razón, derecho, justicia, el sentimiento del honor en toda su grandeza… (Desesperado.) Daría mi vida por ellas… las mataría… no sé. (Continúa andando, agitadísimo.) No puedo, no debo consentir intrusos en mi linaje… Al fuego la hierba mala, traída a mi hogar con engaño, contrabando del vicio… Esa diabólica mujer no ha querido decirme cuál es la falsa; pero no importa… Verás, verás, infame, cómo yo lo averiguo sin ajeno auxilio, sin interrogar a los que seguramente conocen tus secretos… Dios me dé una intensa penetración para desentrañar la verdad; sabré leer la historia de mi deshonra en esas preciosas caras; y si por mi ceguera no acierto a descifrar los rostros, leeré la invisible cifra de los pensamientos, penetraré en la hondura de los caracteres, y no necesito más, pues los caracteres son el temperamento, la sangre, el organismo, la casta…

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