Explore "No contar todo" by Emiliano Monge on Textopian. Read with annotations and highlights.
Durante los siguientes cinco años -en los que Emiliano salió de la primaria, abandonando para siempre ese mundo y los amigos que ahí hiciera: el Gordo, Mocorico y Rascatavio; tuvo su primer experiencia sexual: con aquella niña cuerpo de agua y piel de baba que una tarde, en una alberca, se quitó el traje de baño, tomó la mano de Emiliano y la metió entre sus dos piernas; entró en la secundaria, decidiendo que a partir de entonces debería ser un muchacho enteramente nuevo; formó el grupo de amigos que a lo largo de los diez años siguientes fueron su familia pero al cual, llegado su momento, también abandonó de forma instantánea, casi quirúrgica; enterró a Estopa, tras jugar con ella una tarde entera, verla tomar agua y observar cómo caía al suelo, convulsionando a un par de pasos de su cuerpo y vomitando sangre en catarata: la habían envenenado sus vecinos; vio cómo su hermano mayor se iba de la casa, corrido por haber organizado allí una fiesta de seis días, mientras ellos, los demás, se habían marchado a Sinaloa, al entierro de una hermana de su abuela; tuvo su segunda experiencia sexual: con la hermana de un amigo de su hermano, una muchacha que, entonces, despertó en él un deseo diferente y, de alguna forma, menos cristalino que cualquier otro deseo que vaya a sentir luego, una mujer tres años mayor que, al medio día de un sábado cualquiera, en el terreno baldío que había al lado de su casa, dejó que él la besara, la lastimara, sin quererlo, arrancándole el arete rosa, en rombo y de metal que traía puesto, le curara la herida con cuidado y se montara encima suyo; creció tantos centímetros que no volvió a controlar sus movimientos; aprendió a disparar: su padre había empezado a viajar tan a menudo que dejó a Emiliano a cargo de la casa: Entonces, ya lo sabes, si oyes ruidos vas por la pistola, te paras en la esquina donde está puesto el teléfono, desde ahí puedes verlo todo, esperas hasta ver si observas a alguien, ves si trae algo en las manos y, si no, le apuntas a las piernas, pero si sí, apuntas y le das en la cabeza; aprendió lo que creyó entonces que era la venganza, disparándole con un rifle de diábolos a las hijas del vecino que, pensaba él, habían envenenado a Estopa, y atestiguó cómo se abrían, entre él y sus hermanos, dos brechas enormes-, durante los siguientes cinco años, repito, para Emiliano Monge su abuelo no será más que un enigma. Un enigma y el recuerdo de aquel día que aquí ha sido contado.
Pero entonces, a los cinco años exactos -tiempo en el cual la familia de Emiliano se habrá mudado nuevamente; en el que Ernesto habrá escogido, habrá luego cambiado y finalmente habrá casi terminado una carrera; en el que Rosi habrá empezado a mantener ella solita a su familia; en el que Emiliano se habrá hecho de otra perra, una perra que será su compañera los siguientes doce años; en el que Diego se habrá vuelto una promesa del futbol, un pequeño niño estrella al que querrán contratar, aún a pesar de ser tan chico, un montón de equipos: Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo llaman promesa, dijo, por entonces, Carlos Monge Sánchez que decían los antiguos y prohibió que su hijo se tomara en serio el deporte; en el que Carlos Monge Sánchez habrá sacrificado a Mármol, dándole un balazo en la cabeza tras ponérselo en las piernas, acariciarlo un largo rato y hablarle en voz bajita: el veterinario había anunciado, más temprano: Tengo que dormirlo, y había, entonces, el Carlos referido, contestado: ¿Y tú quién eres, quién chingados te crees que eres para atreverte ni siquiera a sugerir que a ti te toca?; en el que Emiliano habrá de comprender que aquello que sentía por sus primos, por todos y cada uno de esos seres con los cuales, quiso creer, sólo compartía el apellido, era lo mismo que sentía cuando alguien le advertía: No te comas esa madre, lleva afuera varios días, de seguro no está bueno, vaya a ser que te haga daño, así como que aquello que sentía por sus tíos, por los hermanos de su padre, era lo mismo que sentía cuando perdía jugando a cualquier cosa; en el que Ernesto tuvo su primer brote de violencia irrefrenable e ingobernable: aquella vez, tras pelearse contra cuatro, le arrancaron la mitad de la nariz de un botellazo y sus hermanos, Diego y Emiliano, lo encontraron en el baño, vuelto un mar de sangre y sacándose del hoyo de su rostro, con los dedos, diminutas astillas de hueso que, sin embargo, él estaba convencido de que eran vidrios en esquirlas; en el que Diego habrá de noquear por vez primera y luego por segunda vez también a Emiliano, harto de escuchar cómo lo hería aseverando cualquier cosa y demostrándole, de paso, que había también otras maneras de hacer daño; en el que Rosi empezará a esconder, tras sus constantes carcajadas, algo más que alegría, y en el que Carlos convertirá la escultura en una cueva, en un escape de sí mismo y en el último pretexto de sus fugas-, pero entonces, a los cinco años exactos, el abuelo de Emiliano dejará de ser sólo un enigma y empezará a volverse una obsesión.