No contar todo by Emiliano Monge — Read

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Y es que un año después -en el que van a quemarle un par de veces la tiroides: la primera ocasión, el yodo habría estado caducado; en el que habrá de convivir con sus hermanos y amigos, a través de la ventana de su casa: él adentro de su estudio, ellos afuera, en la banqueta, sobre el banquito que para eso puso allí su hermano Ernesto; en el que habrá de hablar con sus vecinos, parado sobre el techo y con ellos, casi siempre, gritando en el pasillo de la vieja vecindad; en el que no aceptará ver a Nigeria ni una sola vez, como tampoco aceptará que ella se lleve sus cosas de la casa: en algún punto, Emiliano habrá de averiguar que también ella lo había estado engañando; en el que recibirá, de parte de Trueta, el último de los regalos que sus amigos le darán por haber enfermado: el grabado de un hombre encorvado, arqueado, intentando devorarse a sí mismo; en el que va un día a comprar una pareja de canarios: la hembra morirá poco después, tratando de expulsar un huevo deforme; en el que además de no pagar la renta dejará de creer que debería de pagarla; en el que leerá todos los libros que encuentre o que le lleve alguien a casa; en el que dejará los cigarros, el alcohol y las drogas, no porque se lo hayan dicho los doctores, sino porque le habrá contado a todo mundo que tenía que hacer esto; en el que va, por vez primera, a negarle asilo a su hermano mayor, cuando éste sufra su última crisis psiquiátrica, asegurando que aún podría hacerle daño estar cerca de su cuerpo radioactivo; en el que va a dejar, para siempre, el futbol, no porque tuviera que dejar este deporte, sino porque ya les había dicho a sus amigos que no podía volver a hacer deporte; en el que va a empezar a escribir una novela en torno de esa enfermedad que le tocara: o no, en torno, más bien, del presentimiento de su estirpe: una novela en torno de la fuga, la mentira, la violencia masculina y las herencias silenciosas: una novela en la cual habrá de habitar por doce años; en el que habrá de enloquecer deseando un encuentro sexual, pero aun así habrá de mantenerse en celibato porque así lo había decidido su hocico: No es tanto… nada más hasta que acabe este puto año; en el que habrá de extrañar, de tal modo y de una forma tan profunda el contacto físico, que un día, caminando por la calle, cuando un perro le lama el empeine, se echará a llorar sin darse cuenta; en el que sentirá que su casa se ha vuelto una celda de clausura, y en el que ensayará diversas formas de escaparse del castigo que él mismo se había impuesto: a Rafael, por ejemplo, le dirá que leyó un ensayo que demuestra que ha exagerado en sus cuidados: a Alejandro, por su parte, le dirá que se empezó a encontrar de pronto bien y que llamó a su doctor, quien dijo que podrían, entonces, acortar algunos plazos: a Trueta, en cambio, le dirá que en su última visita el médico le habló de otra medicina, un inhibidor de radiación que podría dejarlo como nuevo-, Emiliano aceptará que el universo que creara en una tarde no era nada.

Y asumirá, tras conocer a una mujer extranjera, tras pensar, más bien, que podría irse a vivir al extranjero, que la vida que ha estado habitando lo ha asfixiado: no era suficiente su impostura, no alcanzaban, para lograr su objetivo, las maneras que durante los últimos años eligiera. Ni evasión ni escritura habían sido suficientes.

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