La Piedra Angular by Emilia Pardo Bazán — Read

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Despertose la capital marinedina comentando, rumiando, desfigurando -iba a decir saboreando- la noticia del crimen de la Erbeda, si no me pareciese calumnia, porque realmente los marinedinos no son tan ávidos de emociones fuertes como los parisienses, y el malsano gusto de la sangre y del cieno les subleva el paladar. Algo, no obstante, habían conseguido estragarlo la creciente invasión de la sección criminal en la prensa de la Corte, el noticierismo que registra al día, y con minuciosidad digna de más alto objeto, los pasos, movimientos, actos y dichos más insulsos y vulgares del criminal sujeto a la acción de la ley, desde que la fuerza pública le echa el guante, hasta que los hermanos de la Paz y Caridad depositan en el nicho sus despojos.

El vulgo de Marineda, como el vulgo de todas partes, había ido, gracias a la prensa, acostumbrándose a la terminología jurídica y penal, a cierta crítica aguda de la ley y de sus representantes e intérpretes, crítica que, si no ponía el dedo en la llaga, era por lo menos indicio de ese descontento social que clama por renovación, pidiendo agua fresca de nuevos manantiales. Andaba mezclado en este movimiento de la opinión marinedina, como en todos los movimientos de la opinión, algo de mecánico y pueril y algo de inspirado y fecundo; combinación que, transformada en instinto, ayuda sin saberlo a los verdaderos precursores conscientes de la marcha progresiva de la humanidad.

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