La Piedra Angular by Emilia Pardo Bazán — Read

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Era de las últimas del verano aquella tarde, y mejor podríamos decir de las primeras del otoño, si bien ha de advertirse que en Cantabria la otoñada vence en paz, en hermosura, en esplendor, al estío. El campo, segado ya presentaba la nota melancólica del rastrojo sobre la tierra algo resquebrajada por la sequía; pero en cambio el follaje de ciertas plantas ociosas, que pueden permitirse el lujo de no morir hasta el invierno, brotaba más lozano y tupido que nunca, y las tapias de las quintas que caen al camino real se ufanaban con una soberbia diadema de rosas, viña virgen, clemátide y bignonia.

También el minúsculo jardín del doctor Moragas lucía sus mejores preseas. Había un magnolio que, de puro joven, no echara flor en todo el año; pero las últimas ráfagas de calor estimularan sin duda sus vírgenes yemas, y un ánfora blanca como la nieve, cerrada aún, pero que ya comenzaba a delatarse indiscreta por su fragancia sutil, alboreaba entre las charoladas hojas. Nené, que avizoraba la flor nueva desde días atrás, se deslizó despacito, con paso vacilante, hacia el cenador donde su padre leía un periódico -tan embelesado, por más señas, que ni sintió acercarse a la criatura, ni atendió a los reiterados llamamientos de su vocecita fina como el oro. Los renglones que absorbían a Moragas eran de un suelto concebido en estos términos, plus minusve: «El Tribunal Supremo ha desechado el recurso de casación interpuesto contra la sentencia condenatoria de los reos del famoso crimen de la Erbeda, del cual tienen extensa noticia nuestros lectores. Se cree que la prensa y sociedades de Marineda gestionarán vivamente el indulto, para evitar un día de luto y duelo a la culta capital de Cantabria».

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