Explore "El diosero" by Francisco Rojas González on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fue entre los chinantecos, esos indios pequeñitos, reservados y encantadoramente descorteses. Fue entre ellos, en su propio nidal, ―trastumbando‖ Ixtlán de Juárez y en los mismos estribos del sugestivo fenómeno de la orografía de México, que llaman el Nudo de Cempoaltépetl.
Escogimos Yólox -San Marcos Yólox, para ser más exactos- como el sitio ideal donde instalar nuestro laboratorio antropológico… Yólox es una metrópoli de escasos trescientos habitantes, que cuelga, entre girasoles y magueyales, de un ribazo de la cordillera. En torno de Yólox -nombre cordial, supuesto que significa corazón en idioma azteca-, ranchos, congregaciones y jacaleras, de donde todos los viernes bajan los indios dispuestos a jugar en el ―tianguis‖ su doble caracterización de compradores y vendedores, en un comercio de trueque animado y pintoresco: sal, por granos; piezas de caza o animalillos de río o de charca, por retazos de manta; yerbas medicinales a cambio de ―rayas‖ de suela para huaraches; hilo de ixtle enrollado en bastas madejas, por candelas de sebo; gallinas, por manojos de estambre…