Seda by Alessandro Baricco — Read

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Hervé Joncour tardó once días en llegar hasta Yokohama. Corrompió a un funcionario japonés y se procuró dieciséis cartones de huevos de gusano, provenientes del sur de la isla. Los envolvió en paños de seda y los disimuló en cuatro cajas de madera, redondas. Halló un barco para el continente, y a principios de marzo llegó a la costa rusa. Escogió la vía más al norte, buscando el frío para bloquear la vida de los huevos y alargar el tiempo que faltaba para que se abrieran. Atravesó a marchas forzadas cuatro mil kilómetros de Siberia, cruzó los Urales y llegó a San Petersburgo. Compró a peso de oro quintales de hielo y los cargó, junto con los huevos, en la bodega de un mercante directo a Hamburgo. Necesitó seis días para llegar. Descargó las cuatro cajas de madera, redondas; salió en un tren directo hacia el sur. Después de once horas de viaje, apenas salidos de un sitio llamado Eberfeld, el tren se detuvo para reaprovisionarse de agua. Hervé Joncour miró alrededor. Picaba un sol veraniego sobre los campos de grano, y sobre todo el mundo. Sentado frente a él estaba un comerciante ruso: se había quitado los zapatos y se daba aire con la última página de un periódico escrito en alemán. Hervé Joncour se puso a mirarlo. Vio las marcas de sudor en la camisa y las gotas que le perlaban la frente y el cuello. El ruso dijo algo, riendo. Hervé Joncour le sonrió, se levantó, tomó las maletas y bajó del tren. Lo recorrió hacia atrás hasta el último vagón, un vagón de carga que transportaba pescado y carne conservados en el hielo. Escurría agua como una palangana acribillada por mil proyectiles. Abrió la portezuela, subió al vagón y una tras otra tomó las cajas de madera, redondas, las sacó y las puso en el suelo, al lado del andén. Después cerró la portezuela y se puso a esperar. Cuando el tren estuvo listo para salir, le gritaron que se apresurara y que subiera. Él respondió sacudiendo la cabeza e insinuando un gesto de despedida. Vio el tren alejarse y después desaparecer. Esperó hasta no sentir ni siquiera el rumor. Después se inclinó sobre una de las cajas de madera, quitó los sellos y la abrió. Hizo lo mismo con las otras tres. Lentamente, con cuidado.

Millones de larvas. Muertas. Era el 6 de mayo de 1865.

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