Explore "Seda" by Alessandro Baricco on Textopian. Read with annotations and highlights.
En esos tiempos el Japón estaba, en efecto, al otro lado del mundo. Era una isla hecha de islas y por doscientos años había vivido completamente separada del resto de la humanidad, rechazando cualquier contacto con el continente y prohibiendo el acceso de cualquier extranjero. La costa china distaba casi doscientas millas, pero un decreto imperial había conseguido volverla aún más lejana, prohibiendo en toda la isla la construcción de barcos con más de un mástil. Según una lógica a su modo iluminada, la ley no prohibía salir del país: pero condenaba a muerte a los que intentaban volver. Los mercaderes chinos, holandeses e ingleses habían tratado repetidamente de romper aquel absurdo aislamiento, pero sólo habían conseguido establecer una frágil y peligrosa red de contrabando. Habían ganado poco dinero, muchos problemas y algunas leyendas, fáciles de vender en el puerto por la tarde. Donde ellos habían fallado, encontraron éxito, gracias a la fuerza de las armas, los norteamericanos. En julio de 1853 el comodoro Matthew C. Perry entró en la bahía de Yokohama con una moderna flota de naves a vapor, y les dio un ultimátum a los japoneses en el cual se "auguraba" la apertura de la isla a los extranjeros.
Los japoneses nunca habían visto un barco capaz de afrontar el mar a contraviento.