Explore "Seda" by Alessandro Baricco on Textopian. Read with annotations and highlights.
A principios de septiembre los sericicultores de Lavilledieu se reunieron para decidir qué harían. El gobierno había mandado a Nimes a un joven biólogo encargado de estudiar la enfermedad que inutilizaba los huevos producidos en Francia. Se llamaba Louis Pasteur: trabajaba con microscopios capaces de ver lo invisible: decían que ya había obtenido resultados extraordinarios. Del Japón llegaban noticias de una inminente guerra civil, fomentada por las fuerzas que se oponían a la entrada de los extranjeros en el país. El consulado francés, instalado hacía poco en Yokohama, mandaba despachos que desaconsejaban por el momento emprender relaciones comerciales con la isla, invitando a esperar mejores tiempos. Inclinados a la prudencia y sensibles al enorme costo que cada expedición clandestina al Japón comportaba, muchos de los notables de Lavilledieu avanzaron la hipótesis de suspender los viajes de Hervé Joncour y fiarse por ese año de las remesas de huevos, medianamente fiables, que llegaban de los grandes importadores del Medio Oriente. Baldabiou se limitó a escucharlos a todos, sin decir una palabra. Cuando al fin le toco hablar, lo que hizo fue poner su bastón de caña sobre la mesa y alzar la mirada hacia el hombre sentado frente a él. Y esperar.
Hervé Joncour sabía de las investigaciones de Pasteur y había leído las noticias que llegaban del Japón: pero siempre se abstuvo de comentarlas. Prefería gastar su tiempo en retocar el proyecto del parque que deseaba construir en torno a su casa. Escondido en un rincón del estudio conservaba una hoja doblada en cuatro, con pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro, tinta negra. Tenía una considerable cuenta en el banco, llevaba una vida tranquila y abrigaba la razonable ilusión de convertirse pronto en padre. Cuando Baldabiou levantó, la mirada hacia él, lo que dijo fue: