Seda by Alessandro Baricco — Read

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El pueblo comenzó a bullir como un hormiguero, enloquecido: todos corrían y gritaban, miraban hacia arriba y seguían aquellos pájaros fugados, por años orgullo de su Señor y ahora burla voladora en el cielo. Hervé Joncour salió de su casa bajó por él pueblo, caminando con lentitud y mirando frente a él con una calma infinita. Nadie parecía verlo, y él no parecía ver nada. Era un hilo de oro que corría derecho en la trama de un tapete tejido por un loco. Superó el puente sobre el río, descendió hasta los grandes cedros, entró en su sombra y salió. Frente a él vio la enorme jaula, con las puertas abiertas de par en par, completamente vacía. Y delante de ella, a una mujer. Hervé Joncour no miró en torno, simplemente volvió a caminar, lento, y sólo se detuvo cuando llegó frente a ella. Sus ojos no tenían aspecto oriental, y su rostro era el rostro de una chiquilla. Hervé Joncour dio un paso hacia ella, alargó una mano y la abrió. En la palma tenía una pequeña hoja, doblada en cuatro. Ella la vio y cada ángulo de su rostro sonrió. Apoyó su mano sobre la de Hervé Joncour, la acarició con dulzura, se demoró en ella y luego la retiró arrugando entre los dedos aquella hoja que le había dado la vuelta al mundo. Apenas la había escondido en un pliegue del hábito, cuando se oyó la voz de Hara Kei.

-Sé bienvenido, mi amigo francés.

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