La evolución de los mundos by Rafael Barrett

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Percival Lowell es un sabio astrónomo norteamericano. Es -una cosa rara- un sabio inteligente. La inteligencia no abunda, y quizá menos aún en los sabios especialistas que en los demás profesionales. La vida corriente, en efecto, puede por su misma diversidad católica despertar en nosotros esa electricidad mental que relaciona lo distante, y tiende sus hilos invisibles a través del mundo. Hay analfabetos inspirados. Pero la hermética existencia de un hombre exclusivamente consagrado, por ejemplo, a la arqueología etrusca, ¿no le embrutecerá del todo? Es muy posible. Se encuentran así profundos investigadores, célebres por sus descubrimientos -¿quién después de veinte o treinta años de labor rectilínea no descubre algo?- y cuya incomprensión, fuera de los detalles de su especialidad, asusta. Sin embargo, son en extremo útiles, porque hallan los materiales oscuros que mañana el talento organizará en luminosa síntesis. Leonardo -un artista- contribuye a fundar la mecánica moderna. Pasteur, que no era médico, revoluciona la medicina, y el médico Mayer, la física matemática. Los amores de la inteligencia son enciclopédicos. «Es plomo y no alas lo que es preciso dar al entendimiento», decía Bacon; hoy, ante la triste pesadez de nuestra ciencia, aconsejaría lo contrario.

No sólo es inteligente Percival Lowell: tiene por añadidura imaginación. Capaz de interpretar lo que ve, ha querido ver claro, lo que es cada día más difícil para los que miran las altas estrellas. La historia ha empañado la atmósfera de las ciudades al punto que se han hecho imposibles las observaciones practicadas en otro tiempo. El vaho de la inquieta multitud humana las roba el espectáculo de lo infinito. Nuestra agitación nos priva del tesoro celeste que gozaban los meditativos pastores de la antigua Caldea. El profesor Lowell no se ha sometido como la mayoría de los astrónomos -sabido es que el telescopio no parece susceptible de perfeccionamiento alguno- y ha instalado su observatorio en Flagstaff, en medio de los desiertos de Arizona, La soledad le ha puesto en posesión de la magnífica y silenciosa transparencia de la noche, y desde su retiro nos manda noticias del etéreo más allá. A fines de 1909 publicó un bello libro sobre Marte.

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