El arroyo by Eliseo Reclus — Read

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No es necesario remontarse con la imaginación á miles de siglos atrás para ver al arroyo, tan modesto actualmente, modificar la forma de sus orillas y cambiar su centro. Hasta durante el verano, cuando sus aguas están en el más bajo nivel y se arrastran lentamente por entre matas de hierbas aromáticas medio secas, no cesa de trabajar para cambiar su cauce, y renovar, en la medida de sus fuerzas, el aspecto de la naturaleza. Si no es en los puntos donde el hombre interviene para regularizar la pendiente, limpiar el fondo y reemplazar las orillas de tierra friable por empalizadas y diques de piedra, el arroyo, siempre deseoso de cambio, halla el medio de destruir poco á poco sus márgenes para reconstruirlos nuevamente. Hasta en los sitios donde las murallas lo han dominado, al parecer, no cesa su trabajo de reforma: ataca á la piedra, roe lentamente sus cimientos, mina los asientos, y, en un momento dado, hunde la muralla y queda libre errando por los campos.

Esas incesantes transformaciones de sus riberas, las realiza el arroyo por virtud de un doble trabajo; de un lado, derriba, llevándose granos de arena, moléculas de arcilla, fragmentos desmenuzados de roca y trozos de raíz corroídos por la corriente; de otro, edifica, depositando todos esos restos en una capa que se eleva poco á poco sobre el fondo del agua. Así, la corriente, enturbiada por el aluvión de que se carga en su carrera, trabaja sin cesar para clarificarse nuevamente, y cuando su curso se detiene, se filtra.

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