Explore "La rosa del dong-giang" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
José dio como pudo con la puerta, y se lanzó por el corredor con el fusil armado, mientras la pobre Tay-See, sin fuerzas y dominada por el miedo, se dejaba caer a los pies de Bá-chua-ngoc. Apenas se apostó el español tras una columna, cuando llegaron a sus oídos voces humanas. Avanzó dos pasos y, al lívido resplandor de un relámpago, descubrió un grupo de caballos montados por los guerreros de Tay-Shung.
Un momento después, aparecieron unas sombras en el extremo del corredor.