La paz de Mowsle Barton by Hector Hugh Munro

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Cómodamente sentado en un pequeño terreno mitad huerto mitad jardín que colindaba con la granja de Mowsle Barton, Crefton Lockyer se dedicaba a gozar de una inmensa paz tanto física como mental. Tras largos años soportando el ruido y las prisas que conlleva vivir en la ciudad, el reposo y la paz reinantes en aquella granja rodeada de silenciosas colinas había acabado cautivando sus sentidos con una intensidad casi dramática. En un lugar como aquél el tiempo y el espacio parecían perder todo su significado habitual: los minutos se arrastraban lentamente hasta convertirse en horas, y los sembrados y praderas se alternaban a lo largo de millas de una manera tan suave que uno apenas podía vislumbrar dónde acababan los unos y dónde comenzaban las otras. Los brotes de maleza crecían de manera desordenada por entre los setos y las flores, a la vez que los macizos de alhelíes y otras plantas de jardín replicaban invadiendo los corrales y los caminos. Las gallinas, con su aspecto soñoliento, y los patos, con su aire solemne y atolondrado, deambulaban con igual libertad por el jardín, por el huerto e incluso por en medio del camino.

Allí nada parecía pertenecer de manera definitiva a ningún sitio. De hecho, uno ni siquiera podía estar seguro de encontrar siempre las puertas sobre sus correspondientes goznes. No obstante, lo que predominaba por encima de todo lo demás en aquel ambiente tan idílico era una omnipresente sensación de paz que casi tenía algo de mágico. Cuando llegaba la tarde, uno no podía evitar pensar que ésta siempre había estado allí y que nunca terminaría de irse. Y cuando anochecía, a uno le asaltaba la idea de que nunca había existido otra cosa que no fuese aquel eterno anochecer.

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