Las frutas prohibidas by Cristina Pacheco — Read

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Nuestra calle en Tacuba no era modelo de urbanismo. No había casas con los muros enteros, ni pared sin cuarteadura, ni puerta en su sitio, ni ventana con los vidrios completos o relucientes. Entre la esquina del Viudo -como llamábamos al propietario del estanquillo oscuro y maloliente- y la panadería Puerto de Palos sólo era posible hallar remedos de vivienda y entre ellos pedacitos de dignidad humana, sonrisas chimuelas, saludos con tufo alcohólico, rostros y cuerpos marcados por la señal de la miseria. Desde luego en ese tramo tan corto no faltaban las historias de amor, violencia y celos.

Y allí, entre la esquina del Viudo y la panadería Puerto de Palos, apareció una mañana una mujer toda vestida de blanco. Alta, corpulenta, pálida como las mantillas y los ropajes que la cubrían de la cabeza a los pies, nadie se atrevió a interrogarla para conocer su procedencia o su nombre. Durante varios días la contemplamos a distancia. Tras las ventanas y desde los umbrales nos hacíamos cruces ante su primer milagro: su larga túnica no se ensuciaba con el lodo de los charcos. Aquella presencia radiante y pulcra nos hizo sentir un poco avergonzados de nuestra apariencia, que por vez primera nos pareció miserable.

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