Explore "Tumba, casa" by Cristina Pacheco on Textopian. Read with annotations and highlights.
–¿Ya llegó? Uy Dios santo, ¿pos qué hora es? No le digo: por estar pensando en mis cosas se me pasó el tiempo en un suspiro. ¿Cuándo no? Mire, ya nomás guardo aquella ropita y nos vamos. Oiga, se me hace feo que se quede allí en la puerta, esperando. Mejor pase. Pero tenga cuidado de no pegarse en la cabeza: el techo es bajo. Perdonará que no prenda la luz. No tengo. Ya usté sabe que me la cortaron hace cuatro días -explica la anciana sin sombra de malicia. Si viera que ésa me pudo menos qu'el agua: llevo harto tiempo sin una gota y eso de andar acarreándola de aquí y de allá se me hizo rete pesado. Será que estoy vieja, pero le cuento que para cargar una cubeta me dolían todos los brazos. A ver, aquí puede sentarse. No tenga miedo, no se cae: la silla está bien pegadita a la pared.
Domitila concluye con una risa aguda que irrita al hombre, siempre en silencio. La gentileza de la mujer lo presiona tanto como el aire viciado que respira en la habitación. Aunque no se lo confiese, tiene miedo de compartir la penumbra con esa anciana a la que ha venido a arrojar del sótano que ocupó durante los 49 años que ha sido portera del edificio Los Girasoles. Lo reconforta acordarse de que pronto estarán allí los cimientos de un condominio ultramoderno. El hombre estira una pierna y sin proponérselo tira un bulto. Va a recogerlo pero la anciana se lo impide tocándole suavemente el brazo: