Explore "Las hojas muertas" by Cristina Pacheco on Textopian. Read with annotations and highlights.
La casa era muy grande, tenía nueve habitaciones y dos patios de mosaico amarillo, tan brillante como el plumaje de los canarios que, en parejas, colgaban a todo lo largo del corredor. Mirar por la existencia de aquellos animalitos era una de las ocupaciones más importantes de la abuela -casada a los 15 años y viuda a los 27- y de sus cinco hijas solteras, únicas sobrevivientes en una familia que llegó a ser de doce miembros.
Capaces de hacer postres maravillosos y deshilados que eran auténticas telas de araña, el orgullo de aquellas mujeres era que "la tierra de esta casa es tan buena que todo se da. A veces sembramos nada más un codito, un retoño que nos regalan por allí o que nos encontramos tirado en alguna parte y al poco rato es una preciosidad. Aquí nada se seca; al contrario, a veces las matas crecen tanto que tenemos que podarlas o de plano secarlas para que no les quiten espacio ni luz a las demás".