Explore "El hombre que amaba a los perros" by Padura, Leonardo on Textopian. Read with annotations and highlights.
«La mierda petrificada del presente». Liev Davídovich lanzó el periódico contra la pared y abandonó el estudio de trabajo. Mientras bajaba las escaleras, de la cocina le llegó el olor del cabrito estofado que Natalia preparaba para la cena, y le pareció obsceno aquel aroma goloso. Tras su mesa de trabajo contempló a la hermosa Sara Weber, que tecleaba con aquella velocidad que en ese instante se le antojó automática, definitivamente inhumana. Cruzó la puerta de acceso al jardín yermo y los policías turcos le sonrieron, disponiéndose a seguirlo, y él los detuvo con un gesto. Los hombres hicieron como que acataban su deseo, pero no lo perderían de vista, pues la orden recibida era demasiado precisa: sus vidas dependían de que el exiliado no perdiera la suya.
La belleza del mes de abril en Prínkipo apenas lo rozó mientras, seguido por Maya, descendía la duna que moría en la costa. ¿Qué angustias podían atenazar al cerebro de un hombre sensible y expansivo como Maiakovski para que hubiera renunciado voluntariamente al perfume de un estofado, a la magia de un atardecer, a la visión del encanto femenino y se encerrara en el mutismo irreversible de la muerte? , se preguntó y avanzó por la orilla para observar la elegante carrera de su perra, un regalo de la naturaleza que también le pareció ofensivamente armónico.