Historia de la Revolución Rusa by Leon Trotsky

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Divorciada del pueblo, ligada mucho más estrechamente al capital financiero extranjero que a las masas trabajadoras del propio país, hostil a la revolución que triunfaba, la burguesía rusa, que había llegado con retraso, no podía invocar en su propio nombre ni un solo título en favor de sus pretensiones al poder. Sin embargo, era necesario fundamentarlas en un sentido u otro, pues la revolución somete a una revisión implacable no sólo los derechos heredados, sino también las nuevas alegaciones. Rodzianko, el presidente del Comité provisional, que durante los primeros días de la revolución se encontró al frente del país, era la persona menos indicada para ofrecer argumentos susceptibles de convencer a las masas.

Ayuda de cámara bajo Alejandro II, oficial del regimiento de caballería de la Guardia, decano provincial de la nobleza, chambelán de Nicolás II, monárquico hasta la médula, terrateniente, miembro del partido de los octubristas, uno de los elementos activos de los zemstvos y diputado de duma nacional, Rodzianko fue luego elegido presidente de ésta. Esto ocurría después de la dimisión de Guchkov, a quien odiaban en palacio por su calidad de «Joven Turco». La Duma confiaba en tener más fácil acceso al corazón del monarca por mediación del chambelán. Rodzianko hizo todo lo que pudo: testimonió al zar, sin hipocresía alguna, su adhesión a la dinastía; imploró como un favor ser presentado al príncipe heredero y ganó las simpatías de éste como «el hombre más voluminoso de toda Rusia». A pesar de todo este histrionismo bizantino, el chambelán no logró conquistar el favor del zar para la Constitución, y, en sus cartas, la zarina calificábale, sin andarse con rodeos, de canalla. Durante la guerra, el presidente de la Duma hizo pasar, indudablemente, no pocos malos ratos al zar, agobiándole, durante las audiencias, con exhortaciones ampulosas, críticas patrióticas y augurios sombríos. Rasputín veía en Rodzianko un enemigo personal. Kurlov, uno de los elementos más afines a la banda palaciega, se refiere a la «insolencia -de Rodzianko- acompañada de una indudable limitación mental». Witte habla del presidente de la Duma con más indulgencia, pero no mucho mejor: «No es tonto, sino, al contrario, bastante listo: pero así y todo, la cualidad principal de Rodzianko no consiste en su inteligencia, sino en su voz: tiene una magnífica voz de bajo». En un principio, Rodzianko intentó vencer a la revolución con las mangueras de los bomberos; lloró cuando supo que el gobierno del príncipe Golitsin había abandonado su puesto; se negó, horrorizado, a tomar el poder que le ofrecían los socialistas; después, decidió tomarlo; pero, como súbdito fiel, abrigando el propósito de devolver la corona al monarca tan pronto como le fuera posible. No fue culpa de Rodzianko, que esta ocasión no se le deparase. En cambio, la revolución, con ayuda de aquellos mismos socialistas, brindó al chambelán magnífica ocasión de hacer resonar su voz de bajo ante los regimientos sublevados. Ya el 27 de febrero, el capitán retirado de la caballería de la Guardia Rodzianko decía al regimiento de la Guardia que se había presentado en el palacio de Táurida: «Fieles soldados, escuchad mis consejos. Soy un hombre viejo y no os engañaré; escuchad a los oficiales, que no os mandarán nada malo y obrarán de completo acuerdo con la Duma. ¡Viva la santa Rusia! ». Seguramente, que no había en toda la Guardia ningún oficial que no estuviese dispuesto a aceptar esa revolución. En cambio, los soldados no acababan de convencerse de su necesidad. Rodzianko temía a los soldados, temía a los obreros, veía en Cheidse y demás elementos de izquierda agentes a sueldo de Alemania, y, al tiempo que se ponía al frente de la revolución, miraba a cada instante en torno suyo, esperando el momento en que el Soviet viniese a detenerle.

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