Explore "Los Hermanos Karamazov" by Fyodor Dostoevsky on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al oír la orden que le había dado a gritos su padre desde la calesa en el momento de partir del monasterio, Aliocha estuvo unos instantes inmóvil y profundamente perplejo. Al fin, sobreponiéndose a su turbación, se dirigió a la cocina del padre abad para procurar enterarse de la conducta de Fiodor Pavlovitch. Después se puso en camino, con la esperanza de resolver durante el trayecto un problema que le atormentaba. Digámoslo en seguida: los gritos de su padre ordenándole que dejara el monasterio llevándose el colchón y las almohadas no le inspiraban inquietud alguna. Comprendía perfectamente que esta orden, proferida a gritos y haciendo grandes ademanes, era hija de un arrebato y que su padre se la habla dado para la galería, por decirlo así. Era el mismo caso de uno de nuestros conciudadanos que, no hacía mucho, al celebrar su cumpleaños y excederse en la bebida, se enfureció porque no querían darle más vodka y, en presencia de sus invitados, empezó a destrozar la vajilla, a rasgar sus ropas y las de su mujer, a romper muebles y cristales. Obró para la galería, y al día siguiente, una vez curado de su embriaguez, se arrepintió amargamente a la vista de las tazas y los platos rotos. Aliocha estaba seguro de que su padre le dejaría regresar al monasterio tal vez aquel mismo día. Es más, tenía el convencimiento de que el buen hombre no le ofendería jamás; de que ni él ni nadie en el mundo no sólo no querrían ofenderle, sino que no podrían. Esto era para él un axioma definitivamente admitido y sobre el cual no cabía la menor duda.
Pero en aquellos momentos le mortificaba otro temor de un orden completamente distinto, un temor agravado por el hecho de que se sentía incapaz de definirlo: el temor a una mujer, a aquella Catalina Ivanovna, que en la carta que le había enviado aquella mañana por medio de la señora de Khokhlakov tanto insistía en que fuera a verla. Esta petición y la necesidad de acatarla le producían una impresión dolorosa, que se había intensificado sin cesar en las primeras horas de la tarde, a pesar de las escenas desarrolladas en el monasterio. Su temor no procedía de que ignoraba lo que aquella mujer quería de él. No era la mujer lo que temía en ella. Desde luego, conocía poco a las mujeres, pero había vivido entre ellas desde su más tierna infancia hasta su llegada al monasterio. Sin embargo, desde su primera entrevista había experimentado una especie de terror al encontrarse frente a aquella mujer. La había visto dos o tres veces a lo sumo y sólo había cambiado con ella unas cuantas palabras. La recordaba comb una bella muchacha imperiosa y llena de orgullo. No era su belleza lo que le atormentaba, sino otra cosa que no podía definir, y esta impotencia para explicarse su terror lo acrecentaba. El fin que ella perseguía era sin duda de los más nobles: se proponía salvar a Dmitri, que había cometido una falta con ella, y procedía así por pura generosidad. Pero, a pesar de la admiración que despertaba en él esta nobleza de sentimientos, notaba como una corriente de hielo en la espalda mientras se iba acercando a casa de la joven.