Explore "París y los Escritores Extranjeros" by Rubén Darío on Textopian. Read with annotations and highlights.
El influjo y el encanto de París son los mismos para todos; mas cada cual los recibe conforme con su temperamento y su manera de encarar la vida. París es embriagante como un alcohol; hay personas refractarias a todas las alcohólicas intoxicaciones. Hay quienes hacen de París su vicio. Hablo del París que produce la parisina, del París en que la existencia es un arte y un placer. Tal París embriaga de lejos. El chino, el japonés, el negro, el ruso, el yanqui, el criollo, sufren su atracción de la misma manera. El paraíso, un verdadero paraíso artificial, se reconoce a la llegada. El hechizo está en el ambiente, en las costumbres, en las disposiciones monumentales, y sobre todo, en la mujer. La parisiense sólo existe en París, afirmarían nuestros queridos maestros M. de la Palice y Pero Grullo. Mas el efecto de París se aminora o se agranda según la edad, los elementos de vida, los caracteres y las aspiraciones. No se trata de razas ni de países.
Conozco por ejemplo dos vascos, Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu, en quienes el influjo parisiense es nulo; en cambio hay innumerables vascos que gastan su dinero y dan placer a sus sentidos y a su imaginación en París, de la manera más meridional del mundo. En los escritores, en los artistas, se nota la diferencia de comprensión y de impresiones. La inoculación de parisina en unos es activa, en otros de mediana fuerza, en otros inocua. De los metecos, son los rumanos y levantinos los más accesibles a la parisinación completa. Los españoles resisten fuertemente, en tanto que los originarios de la América latina cuentan entre los que más se asimilan al medio y entre los refractarios. Véanse algunos ejemplos.