El diablo y Tomás Walker by Washington Irving

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En Massachusetts, a unos pocos kilómetros de Boston, el mar penetra a gran distancia tierra adentro, partiendo de la Bahía de Charles, hasta terminar en un pantano, muy poblado de árboles. A un lado de esta ría se encuentra un hermoso bosquecillo, mientras que del otro la costa se levanta abruptamente, formando una alta colina, sobre la cual crecían algunos árboles de gran edad y no menor tamaño. De acuerdo con viejas leyendas, debajo de uno de estos gigantescos árboles se encontraba enterrada una parte de los tesoros del Capitán Kidd, el pirata. La ría permitía llevar secretamente el tesoro en un bote, durante la noche, hasta el mismo pie de la colina; la altura del lugar dejaba, además, realizar la labor, observando al mismo tiempo que no andaba nadie por las cercanías, y los corpulentos árboles reconocer fácilmente el lugar. Además, según viejas leyendas, el mismísimo diablo presidió el enterramiento del tesoro y lo tomó bajo su custodia; se sabe que siempre hace esto con el dinero enterrado, particularmente cuando ha sido mal habido. Sea como quiera, Kidd nunca volvió a buscarlo, pues fue detenido poco después en Boston, enviado a Inglaterra y ahorcado allí por piratería.

Por el año 1727, cuando los terremotos se producían con cierta frecuencia en la Nueva Inglaterra, y hacían caer de rodillas a muchos orgullosos pecadores, vivía cerca de este lugar un hombre flaco y miserable, que se llamaba Tomás Walker. Estaba casado con una mujer tan miserable como él: ambos lo eran tanto, que trataban de estafarse mutuamente. La mujer trataba de ocultar cualquier cosa sobre la que ponía las manos; en cuanto cacareaba una gallina, ya estaba ella al quién vive, para asegurarse el huevo recién puesto. El marido rondaba continuamente, buscando los escondrijos secretos de su mujer; abundaban los conflictos ruidosos acerca de cosas que debían ser propiedad común. Vivían en una casa, dejada de la mano de Dios, que tenía un aspecto como si se estuviera muriendo de hambre. De su chimenea no salía humo; ningún viajero se detenía a su puerta; llamaban suyo un miserable caballejo, cuyas costillas eran tan visibles como los hierros de una reja. El pobre animal se deslizaba por el campo, cubierto de un pasto corto, del cual sobresalían rugosas piedras, que si bien excitaba el hambre del animal no llegaba a calmarla; muchas veces sacaba la cabeza fuera de la empalizada, echando una mirada triste sobre cualquiera que pasase por allí, como si pidiera que le sacase de aquella tierra de hambre. Tanto la casa como sus moradores tenían mala fama. La mujer de Tomás era alta, de malísima intención, de un temperamento fiero, de larga lengua y fuertes brazos. Se oía a menudo su voz en una continua guerra de palabras con su marido: su cara demostraba que esas disputas no se limitaban a simples dimes y diretes. Sin embargo, nadie se atrevía a interponerse entre ellos. El solitario viajero se encerraba en sí mismo al oír aquel escándalo y rechinar de dientes, observaba a una cierta distancia aquel refugio de malas bestias y se apresuraba a seguir su camino, alegrándose, si era soltero, de no estar casado.

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