Amores by Ovid — Read

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¡Oh Cupido, nunca bastante indignado contra mí, niño nunca perezoso / en turbar mi sosiego!, ¿por qué me maltratas sabiendo que no deserté tus / banderas y me clavas tus flechas dentro de mi propio campo? ¿Por qué tu / antorcha abrasa, por qué tu arco hiere a los amigos? Alcanzarías más / gloria humillando a los rebeldes. Por ventura el héroe de Hemonia / después de hundir su lanza en el pecho enemigo, ¿no le sanó con ella la / herida? El cazador persigue la presa fugitiva, la coge y la abandona, / siempre afanoso por abatir otras nuevas. Nosotros que nos reconocemos / tus súbditos sentimos el rigor de tus armas, y tus débiles brazos se / detienen ante el que te ofrece resistencia. ¿Qué ganas con embotar tus / finos dardos en mis huesos descarnados, ya que el amor me ha reducido a / los huesos? Hay muchos mozos que no aman y muchas jóvenes en la misma / situación; tu triunfo sobre ellos te conquistaría grandes alabanzas. Si / Roma no hubiese desplegado sus fuerzas en la inmensidad del orbe, no / sería al presente más que un hacinado montón de pajizas cabañas. Harto / de pelear, el soldado trabaja los campos que se le han distribuído, deja / la espada y echa mano a las rudas estacas. Los puertos espaciosos / resguardan las naves de la tempestad; el potro libre de su prisión corre / a pacer en los prados; el viejo gladiador depone la espada y recibe la / vara que asegura el resto de sus días, y yo que tantas veces milité en / las filas de Cupido, bien merezco gozar al cabo una vida tranquila.

Pero si un dios me dijese: «Vive por fin exento de cuitas», le / disuadiría: ¡son tan dulces las penas del querer! Fatigado de la / incesante lucha y con el fuego del corazón casi extinguido, no sé qué / vértigo se apodera aún de mi alma extraviada. Como el caballo de dura / boca despeña en el precipicio al caballero impotente para sujetarle con / los frenos cubiertos de espuma; como un viento repentino rechaza el / barquichuelo que próximo a tierra iba a tomar el abrigo del puerto, así / me arrastra con frecuencia el soplo incierto de Cupido, y el Amor de / purpúreo rostro vuelve a lanzarme los dardos que ya conozco. Hiere, / niño, te ofrezco mi cuerpo desnudo y sin armas; alardea de tus fuerzas y / la habilidad de tu diestra. Como si las enviases, vienen a clavarse / espontáneamente en mí tus saetas; acaso su aljaba les sea menos conocida / que mi pecho. Desgraciado del que logra reposar toda la noche y / considera el sueño un bien de alta estima. Imbécil, ¿qué es el sueño / sino la fría imagen de la muerte? El destino te reserva largos siglos de / descanso. Yo quiero que me engañen las dulces palabras de mi amiga; la / sola esperanza del placer me proporciona inmensa satisfacción, y que / ahora me. diga ternuras, ahora me promueva reyertas; que hoy se entregue / en mis brazos, y mañana me envíe noramala. Por tu causa, Cupido, es / dudosa la suerte de Marte; tu padrastro mueve las armas siguiendo tu / ejemplo. Eres versátil y mucho más ligero que tus alas, y das y niegas / los placeres al tenor de tu capricho. Si a pesar de esto oyes mis / súplicas, Cupido, y las oye tu hermosa madre, no dejéis desierto mi / corazón de vuestro imperio, y que la tropa demasiado voluble de los / jóvenes se someta a tu poder; así serás venerado por los hombres y las / mujeres.

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