De la constancia del sabio by Lucio Anneo Séneca

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¿Qué razón, pues, hay para que no creas que tiene esta firmeza de ánimo el varón sabio, teniendo licencia de confesarla en otros, aunque no sea precedida de la misma causa? ¿Qué médico se enoja con el frenético? ¿Quién tiene por injurias las quejas de aquel a quien estando con la fiebre se le deniega el agua? Advierte que el sabio tiene el mismo oficio con todos que el médico con sus enfermos, sin que éste se desdeñe de tocar las obscenidades, ni mirar los excrementos, cuando de ello necesita el enfermo, y sin que se enoje de escuchar las palabras ásperas de los que, frenéticos, se enfurecen.

Conoce el sabio que muchos de los que andan con la toga y la púrpura, aunque tienen buen color y parece que están fuertes, están malsanos; y así, los mira como a enfermos destemplados, y con esto no se ensaña, aunque desvergonzadamente se atrevan a intentar con la enfermedad alguna cosa contra el que los cura; y como hace poca estimación de los honores que el enfermo le da, tampoco hace caudal de las acciones contumeliosas: y como hace poco aprecio de que un mendigo le honre, tampoco tiene por injuria si algún hombre de los de la ínfima plebe, siendo saludado, no le pagó la cortesía; ni se estima en más porque muchos ricos le estiman: porque conoce que en ninguna cosa se diferencian de los mendigos, antes son más desdichados; porque los pobres necesitan de poco y los ricos de mucho; y, finalmente, no se sentirá el sabio de que el rey de los medos, o Atalo, rey de Asia, pase con silencio y con arrogante rostro cuando él le saluda: porque conoce que el estado de los reyes no tiene otra cosa de que se tenga envidia más que la que se tiene de aquel a quien, en una gran familia, le cupo el cuidado de regir los enfermos y enfrenar los locos.

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