Explore "Memorias de abajo" by Leonora Carrington on Textopian. Read with annotations and highlights.
Temo caer en la ficción, veraz pero incompleta, por falta de algunos detalles que hoy no puedo traer a la memoria y que podrían ilustrarnos. Esta mañana me ha venido otra vez la idea del huevo y he pensado que podría utilizarlo como bola de cristal para ver Madrid en aquellos días de julio y agosto de 1940; pues ¿por qué no puede encerrar mis propias experiencias del mismo modo que el pasado y la historia futura del universo? El huevo es el macrocosmos y el microcosmos, la línea divisoria entre lo Grande y lo Pequeño que hace imposible ver el todo. Poseer un telescopio sin su otra mitad esencial, el microscopio, me parece símbolo de la más oscura comprensión. La misión del ojo derecho es atisbar por el telescopio mientras el izquierdo atisba por el microscopio.
En Madrid, aún no había conocido el sufrimiento «en su esencia»: vagaba por lo desconocido con el abandono y el valor de la ignorancia. Cuando miraba los carteles de las calles, veía no solo las cualidades comerciales y beneficiosas de la mercancía enlatada del señor Tal, sino también respuestas herméticas a mis interrogantes; cuando leía AMAZON COMPANY O IMPERIAL CHEMICALS leía también QUÍMICA Y ALQUIMIA: un telegrama secreto dirigido a mí en forma de maquinaria industrial o agrícola. Cuando el teléfono sonaba o callaba negándose a responderme, era la voz interior de la gente hipnotizada de Madrid (no utilizo ningún oculto simbolismo aquí: estoy hablando en sentido literal). Cuando me sentaba a una mesa con otras personas en la sala del Hotel Roma, oía las vibraciones de los seres con la misma claridad que sus voces; y percibía en cada vibración particular la actitud de cada cual hacia la vida, su grado de poder, y su buena o mala disposición hacia mí. Ya no hacía falta traducir ruidos, contactos físicos y sensaciones a términos racionales o palabras. Comprendía cada lenguaje en su ámbito particular: ruidos, sensaciones, colores, formas, etcétera; y cada uno hallaba su exacta correspondencia en mí y me daba una respuesta perfecta. Si estaba atenta a las vibraciones, de espaldas a la puerta, sabía perfectamente cuándo Catherine, Michel, Van Ghent o su hijo entraban en el comedor. Si miraba a los ojos, conocía a los amos, a los esclavos y a los (pocos) hombres libres.