La bola by Emilio Rabasa — Read

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Volvió cada cosa a su lugar; es decir, el Padre Hidalgo a la Jefatura, la tribuna al salón de la escuela, el águila y los papelones de colores a la gaveta del dómine, a la tienda de los Gonzagas los cajones vacíos que sirvieron de armazón al templete, y las cortinas pasaron del altar de la patria al de las Ánimas.

Púsose también cada persona en su anterior y propio sitio, del cual muchas no quisieran haber salido durante aquel día de tan trascendentales sucesos, y mientras Coderas volvía a la polvorienta oficina, y el pedagogo al ruinoso salón, teatro y santuario de sus afanes y sacrificios, los Llamas se dedicaban de nuevo al cuidado del rancho de la Guayaba, por las mañanas, y a las lecturas por la tarde, de las feroces novelas que eran su encanto. El síndico atendió otra vez a la matanza de reses que constituía su ejercicio; el Recaudador continuó en su recaudación, y aun el mismo Severo, no obstante el deslumbramiento que la produjera la conquistada gloria, volvió al Juzgado a roer expedientes, acusar rebeldías y promover recursos maliciosos y frívolos.

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