Explore "Primera posada" by Rosario Castellanos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Es verdad. Si se para uno a considerarlo bien, hay muchos libros. Se tropieza uno con ellos a cada paso. Acechan a la vuelta de los más ocultos recovecos; acompañan en el viaje, aunque no sea más que el modestísimo del tranvía; entretienen el aburrimiento o la angustia de las salas de espera; tiemplan la melancolía de las convalecencias y de las tardes de lluvia; usurpan, a veces, las funciones del amado ausente; montan guardia en las mesas de noche, al alcance de la mano del insomne; se esconden bajo las almohadas como el secreto más peligroso de la adolescencia; presiden ciertos actos solemnes y risibles; resplandecen de venalidad en los escaparates de lujo; amarillean en los puestos callejeros; se mustian bajo las axilas de los estudiantes; se abren, de par en par, en las cátedras; duermen en las bodegas de los ricos; arden en las hogueras de los fanáticos.
Es verdad. El mundo está plagado de libros. Aun aquí, en este pequeño rincón, hay libros. Muchos. Demasiados. Al principio, cuando Mariscal pudo darse el lujo de adquirirlos quiso también conservarlos y encargó unos estantes de pino corriente que, según el diseño, cubrirían las paredes enteras de su departamento. Doble intención: aprovechar el espacio y volver invisibles las desconchaduras, las cicatrices de clavos ya desaparecidos, la marchitez general del color.