Explore "La obra que salva" by Rafael Barrett on Textopian. Read with annotations and highlights.
Casi siempre que el telégrafo nos anuncia el fallecimiento de un hombre ilustre, se nos advierte que el condenado trabajó hasta el fin. Coquelín estudiaba el papel que le había confiado Rostand; Mendès escribía una comedia; Nogales, ciego a consecuencia de la enfermedad que le aquejaba, dictaba artículos a su hija. No cito sino desgracias recientes. Esos cadáveres, con la herramienta en la crispada mano, nos dan una lección.
Nos es permitido creer que el trabajo es indispensable a la escasa felicidad que puede encontrarse en la vida. No el trabajo esclavo, el trabajo que repite, sino el trabajo libre, el trabajo que crea. El primero es una inútil tortura, y la mayor parte de nosotros estamos sujetos a su ignominia; el segundo es una emancipación gloriosa; y Dios, al contemplar de qué modo ha embellecido y ensanchado el universo, aquello que por castigo nos impuso, debe de estar lleno de asombro. Deseemos que en el porvenir sean las máquinas las que se encarguen de ejecutar inhumanas labores, libertando la inteligencia del obrero servil, y haciéndole partícipe de la alegría máxima. Sin duda sería mezquino y vano pretender vivir sin dolor; nada tan despreciable como el ser que consiguiera mantenerse indiferente o satisfecho ante el espectáculo de las cosas. El dolor es un elemento normal en el mundo. No sufrir es un síntoma patológico. O los nervios se desorganizan, o el alma su pudre. Se trata de utilizar el sufrimiento, y sobre todo se utiliza lo que se ennoblece.