La Sirena Negra by Emilia Pardo Bazán — Read

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El desquite, el triunfo de miss Annie, es la hora del baño de mar. El niño, entonces, la pertenece por completo, y, al principio, no sé si calculadamente, la inglesa se opuso á que yo presenciase de cerca este rito sacro; porque, desde lejos, no habría modo de impedirlo. Yo me impuse.-El playazo donde se baña Rafael es mío; forma parte de la posesión. Lo cercan altos áloes, formidables-que se crían aquí y echan su pitón de oro, como si estuviésemos en alguna tierra africana.-Miss Annie entra en el agua con su alumno. En vano Solís, angustiosamente, tercamente, ha reclamado para sí el privilegio de bañar á Baby. ¿Qué le importa? ¿Por qué insiste?. ¿Acaso?. Estemos sobre aviso.-Y, para forzar la tensión, excluyámosle de la playa.

En una caseta de lona á rayas rojas y grises se desnudan y preparan Baby y Annie, ayudados de una rapaza humilde, una sierva del terruño. La arena, tersa y compacta, convida á pisarla con pies descalzos, y despide calor vibrante bajo la refracción solar. Conchillas rosadas y pequeñas, como orejas de muchachas bonitas, la esmaltan allí donde la ola dejó un borde de vegetaciones marinas, húmedas aún, de un verdor luminoso. Una beatitud material, voluptuosa, emana de esta marina apacible en que parecen inverosímiles los naufragios; son risas subacuáticas de náyades retozonas lo que riza y ondula el cristal del agua, y, para mayor mitologismo, ayer he visto saltar á corta distancia á los delfines-que llaman golfines aquí.-Me siento bajo el quitasol, en un peñasco excavado de oquedades colmas de agua, donde corretean vivaces cangrejillos y se desperezan actinias cabelludas.-Y miro, miro, aletargado el pensamiento. El niño sale de la tienda de campaña: viene encogido, á remolque, deseoso de ocultarse, con esa repulsión instintiva de las criaturas al agua, ó mejor dicho, á la primera sensación de frío y al terror de lo inmenso. Admiro su torso gentil, que empieza á perder las redondeces crasas del bebé y á estirarse un poco, con tendencia á ser musculoso y firme, tallado en roble. Admiro sus brazos adorables, su pie delicado, su vientrecillo, igual á una de estas conchas trigueñas y curvas; su testa de angelote, de rizos brillantes, sedosos.-Detrás de él asoma Annie, agarrándole de la mano y empujándole. La franela blanca de su traje masculino, corto de brazo y pierna, es menos dulce de color que su nuca, descubierta, porque la gorra de hule recoge el pelo, no tanto que unos abuelos locos no diableen cerca del arranque de las espaldas. Jamás me he dado cuenta de este carácter étnico, la blancura de la piel inglesa, como ahora. Es un blanco que será desesperante para un pintor: un blanco tintado imperceptiblemente de rosa té, un blanco virginal, «carne de doncella».

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