El infierno del amor

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A la Alhambra le llevó / el Rey, y con él entrando / en la sala de Comares, / viendo que su acervo llanto / no cesaba, interrogóle: / Ataide en acento opaco / le contó su desventura, / y el Rey atento escuchando, / cuando brevemente Ataide / finó su triste relato / le dijo con grave acento, / pero cariñoso y blando: / -- Es misterioso y terrible / el decreto de los hados: / se cumple lo que está escrito: / si por tu madre en espanto, / Ben Jucef el Meriní / huyó en su fuga lanzando / una maldicion, ¿qué piensas / que esto fué? / -- Yo no lo alcanzo / -- exclamó Ataide abatido. / -- Ben Jucef sabrá explicárnoslo / -- dijo el Rey: -- y de su guardia / al punto un kaid llamando / le mandó fuese á la casa / de Aben Jucef con mandato / de que, sin perder momento, / se presentase en palacio.

El kaid salió, y á poco / volvió trayendo recado / de que en aquel mismo dia / Ben Jucef, abandonando / á Granada con su hija, / con una guardia de esclavos / y á su torre de Almuñécar / el camino enderezando, / á pasar al Mogreb iba / resuelto y determinado. / -- ¿Cuándo partió? -- dijo el Rey. / -- Al amanecer. / -- ¡No ha estado / entónces en la batalla! / Que enjaecen dos caballos; / tú kaid con cien zenetes / nos iréis acompañando.

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