Explore "Vida de Don Quijote y Sancho" by Miguel de Unamuno on Textopian. Read with annotations and highlights.
De allí continuaron su camino, ardiendo Don Quijote en deseos de saber para qué llevaba armas un hombre que se les adelantó, y como rehusara éste darle cuenta de ello hasta que acabase de dar recado a su bestia, ayudóle a ello Don Quijote, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, maravilloso ejemplo de humildad que no suele ser lo mentado que merece serlo. Y ésta es sin duda una de las grandes aventuras de nuestro Caballero, la de haber ahechado cebada y limpiado un pesebre, no más, al parecer, que por oir pronto un relato deleitoso; el relato de los regidores rebuznantes.
Y como no nos está bien el creer que sólo por oir tal cosa se redujera Don Quijote a ejercer menesteres tan impropios de su oficio de caballero andante, hemos, por fuerza, de suponer lo hizo para ejercitar su humildad y ejercitarla sencillamente y buscando un protesto, con lo que evitó la soberbia del humilde. No se las echó de tal, ni hizo ostentación de humildad, sino que pura y sencillamente, como quien hace la cosa más natural y corriente del mundo, y sin concederle importancia al acto, con aquellas manos que alancearon molinos, libertaron galeotes, vencieron al vizcaíno y al Caballero de los Espejos y esperaron, sin temblar, al leoncito; con aquellas mismas manos ahechó cebada y limpió el pesebre, dando por razón aquellas sencillísimas palabras de: _no quede por eso, que yo os ayudaré a todo_.