Explore "Del arroyo" by Mariano Azuela on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al anochecer, cuando en la plaza los artesanos descansaban bendiciendo a Dios con la santa alegría de vivir, él aparecía como un harapo ambulante; por las tardes solíasele encontrar en los arrabales por entre callejuelas abandonadas, llenas de polvo, llenas de soledad y llenas de tristeza. Y siempre apareció seguido de su can famélico, que bailoteaba a sus pies y le lamía las rodillas; y uno y otro se confundían en el mismo bloque de miseria y de ignominia.
Mas algo había en aquel borrachín de excepcional, que le daba una fuerza hondamente sugestiva: nunca reía; las líneas de su rostro constantemente sacudidas por los tics, en el monólogo incesante que forzaba la gesticulación, no habían dejado sitio para el regocijo: si alguna vez aleteaba en su alma la alegría, en su semblante convulso se estiraban más sus cejas, la nariz se ahuecaba; los estremecimientos se suspendían por un instante, mientras que la risa repicaba en su garganta rauca como en una campana quebrada, para morirse antes de nacer a la luz de la vida. Así como en el arroyo suelen chispear los fragmentos de un cristal, así resplandecían los fragmentos de su alma en unos ojos desparramados de vidente, de alucinado, de loco.