La florista by Mariano Azuela — Read

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Camino al villorrio, al caer del día, va una floristilla de vuelta de la ciudad. Lleva los ojos anegados de dolor porque ahora saben de un nuevo llanto; lleva fuego en sus manos caldeadas por el hervor de su sangre de virgen, de virgen que ya es mujer; y en sus manos se mustia el puñado de gardenias blancas que sobraron.

No salta ya ligera por entre la fresca yerba que la besa y la acaricia, ni desgrana al aire las coplas aprendidas inconscientemente en los pórticos de los teatros. Ya su mirada de chiquilla vagabunda no sabe detenerse en curioseos siguiendo el ascenso de un coleóptero de oro y esmeralda por el tallo de una rosa de Castilla, ni se pierde en las diafanías de los horizontes, ni en las inmensidades del azur. El crepúsculo no le cuenta más sus lirismos vagos, ni las estrellas le parpadean sus caricias, ni el bosque le musita sus ternezas. Todos se han callado. No parece sino que con su alegría se escaparon todos sus amantes, ahuyentados por aquel huésped real que bajo el incógnito de una dulce tristeza ha venido a su almita soñadora.

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