Explore "Avichuelos negros" by Mariano Azuela on Textopian. Read with annotations and highlights.
Son las siete, la calle está llena de sol, de los gorjeos que llegan del parque cercano, de las brisas de la alameda, del ruido estridente de los carros modernos, del pesado trasteo de las carretas, de los desafinamientos bruscos de los vendedores ambulantes. Al trote discurre un atajo; los aparejos no llevan más que la costalera vacía, y tras la recua va otra recua, tras un carro otro carro, todos hacia las afueras de la ciudad, unos en derechura de la estación del ferrocarril, otros cogen por las polvosas carreteras y todos dejan el caserío que se queda muy alegre, bañándose en un sol tibio que todo lo ilumina y embellece. Un lechero retrasado pasa al ansioso galopar de famélico matalote. La espuma escapa de entre los tapones mal ajustados a las bocas de los cántaros. Las comadres transitan en vaivén alegre y decidor; unas en derechura al mercado, otras de regreso con vasijas de leche, canastos de verdura y trozos de carne.
Las comadres están muy alegres porque hay novedades en el barrio. Que tenemos vecinos nuevos, que si serán de México o vendrán del Norte; que ella es bonita y él tiene trazas de enfermo, con su cara paliducha y la barba muy crecida. Unos dicen que han de ser recién casados, otros que parece que vienen «juidos»; que a poco él se la robó y que sepa Dios qué pájaros serán. Una vieja desdentada, de mirar estúpido, asegura que para ella son nada menos que los espantos que tanta guerra están dando en la vecindad, desde que se fueron las «mujeres malas» de la casita que ahora ocupan los recién llegados. Una chiquilla, con más malicia en los ojos que años en el cuerpo, dice que ella se ríe de los espantos, que ha sido curiosa y se ha asomado por las noches, cuando más jácara meten y que les ha visto las medias a las aparecidas y buenos bigotes a los espantos; que usan unos perfumes y toman vinos que hasta gana da de ser del otro mundo.