Era un hombre honrado by Mariano Azuela — Read

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La noticia me afligió tanto más cuanto que no hacía ni dos semanas que nos habíamos encontrado en un tren, después de cuarenta años de separación, sin haber vuelto a saber nada el uno del otro. Hijos de la misma tierra, compañeros de escuela, camaradas inseparables en nuestras travesuras y vagabundos por los barrios y alrededores del pueblo, ahora revivíamos en brevísimos segundos y, casi sin hablar, un tumulto de recuerdos.

Yo era recién llegado a la capital y comenzaba a trabajar como barrilete en el despacho de un abogado, antiguo amigo mío. Ese día venía en el tren de la Villa leyendo mi periódico, cuando un overol azul y unos burdos zapatones amarillos vinieron a plantarse a mi lado, muy cerca de mi asiento. Apenas me di cuenta de ello sin interrumpir mi lectura. Pero el sujeto no se movía de tal sitio, obstruyendo el tránsito a los pasajeros que subían o bajaban en cada parada. Levanté los ojos y me sorprendió su mirada, fija en mí con impertinencia. En vano procuré hacerme el desentendido; en vez de seguir las líneas del diario, sin verlo lo seguía mirando a él; corpulento, cuadrado de espaldas, de cabeza encanecida y muy arrugada, y sus ojos, sobre todo sus ojos, como dos leznas, como dos brasas.

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