Explore "La Malhora" by Mariano Azuela on Textopian. Read with annotations and highlights.
POR TANTO, cuando Altagracia suspiró, «¡ay, cómo pasan los años! », fue el día de su santo entre batas y gorras blancas, muy lejos -por no ahondar más la herida- de la Malhora, de Lenín y de la mística familia de Irapuato. Enferma disfrazada de afanadora, ya con dos miriápodos en el vientre, uno por apendicitis que nunca tuvo y otro por salpingitis que tampoco tuvo -bellas cifras estadísticas de valientes aprendices y futuras glorias de la ciencia médico-bancaria.
Cinco años de letargo o de mens sana in corpore sano; luego un día, sin saber a qué hora, sin saber cómo, sin saber por qué, la náusea por el alimento, la jaqueca por la mucha luz, el mal humor porque lo ven y le hablan a uno o porque no lo ven ni le hablan. Los sueños inconexos, absurdos, enervantes; después el perenne desasosiego, los insomnios que funden la línea curva y dejan colgajos de piel ociosa, todo, aparte de la consulta médica, catástrofe crónica y rítmica. Alma doliente de consultorios, dispensarios y casas de beneficencia, bajo la obsesión eterna del médico y la medicina; la fe en el poder de la ciencia y sus satélites; fuerza portentosa que levanta las almas cojas hasta las cimas más altas de la imbecilidad humana. Afanadora, al fin, para respirar el mismo aire de las divinidades buítricas. Sólo que no supo que en los hospitales no están los especialistas para afanadoras.