Explore "El Saludo de las Brujas" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
A ciertas horas del día, sobre todo en las primeras de la mañana y en las que preceden a la puesta del sol, la poesía de la Ercolani era indecible. Antes que el sol picase fuerte, la frescura y pureza del aire, aliento vital de la madre Venus, blando céfiro que sale de un baño de rocío sacudiendo las alitas, prestaba tonos rosados a las estelas de alabastro y a los bustos de mármol, y recordaba la serenidad luminosa de la atmósfera ateniense, que, según dicen, parece manar leche y miel. A medio día los fragmentos antiguos, caldeados y como estremecidos por el sol, halagados por los efluvios de amor esparcidos en el ambiente, revivían una vida singular, y las ninfas sonreían a los nervudos faunos, y los amorcillos tenían en sus pedestales actitud de impaciencia, ansiosos de volar, de beber la cálida atmósfera y la esencia de las rosas, violentamente profanadas por abejas y moscardones. A la tarde, con las primeras y refrigerantes brisas del mar, que subían impregnándose de resina en el verdiazul ramaje de los pinos, los mármoles se diría que reposaban, que se preparaban a disfrutar el sosiego de la noche, envueltos en aquel hálito suave y vivificador.
Lo único que contrastaba con el helenismo de los mármoles, era una nota modernista, el aroma de gardenia que exhalaban los macizos de los jardines tapizados, a pesar del escocés, de plantas y flores desconocidos en la antigua Grecia.