Explore "La altísima" by Felipe Trigo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Volvió otra noche á las tres ó cuatro; y otra, á las dos ó tres; y luego siempre. Si Víctor salía, irritado de esperarla, porque habría alargado el banquero su visita, la encontraba en la cama, dormida, á la hora de acabarse los teatros. Pero habían tornado los días buenos, en que el viejo madrugador solía entrar á saludarla, regresando de la Moncloa, y ya dos mañanas hubo de venir á la calle de Olézaga, con toda prisa, doña Paz -dueña de la casa de Adria, y á quien ésta se vio en la precisión de confesarse -para avisarla que. «¡por Dios. ¡que estaba el otro. que habíala disculpado con que se fué la señorita á misa. y que permanecía aguardándola!» -Adria se vestía á escape y partía en el mismo coche que había traído la complacientísima señora.
Al tercer aviso de éstos, menos apremiante, porque reducíase á prevenir que «el otro» había quedado en volver á las dos, pasó doña Paz al salón, donde almorzaban los amantes, y la conoció Víctor. Era una viuda de cincuenta años, gorda, cubierta con un negro pañolón de Manila, y con las orejas adornadas por unos pendientes de Adria. Le infundió veneración el cómodo entresuelo y la mesa bien servida, y usando de la confianza en que sus diplomacias la ponían, se permitió aconsejar: