O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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Modesto y sencillo en sus costumbres, Centurión recibía en su casa, las más de las noches, a familias amigas, unidas algunas con lazos de parentesco a doña Celia o a don Mariano. Eran personas de trato corriente, de posición holgada y obscura dentro de los escalafones burocráticos. Con gente de alto viso se trataban poco, no siendo en visitas de etiqueta, y aunque sus relaciones habían llegado a ser extensas en el curso del 54 al 55, no cultivaban más que las de cordial intimidad o las de parentesco. Asiduos eran el comandante Nicasio Pulpis y su mujer Rosita Palomo, sobrina de doña Celia; Leovigildo Rodríguez, con su esposa Mercedes, hermana del Coronel Villaescusa, primo de Centurión, y María Luisa Milagro de Cavallieri, hermana de la Marquesa de Villares de Tajo (Eufrasia). También frecuentaban la tertulia el comandante don Baldomero Galán y su señora, doña Salomé Ulibarri (Saloma la Navarra); Paco Bringas, compañero de Centurión en la oficina de Obra Pía; don Segundo Cuadrado y don Aniceto Navascués, empleados en Hacienda. De personas con título, no iba más que la Marquesa de San Blas, camarista jubilada, y de personas pudientes, las culminantes en aquella modesta sociedad eran don Gregorio Fajardo y su esposa Segismunda Rodríguez, que del 48 al 54 habían engrosado fabulosamente su fortuna. La Coronela Villaescusa y su linda hija Teresa, tenían rachas de puntualidad o abstención en la tertulia. Durante un mes iban todas las noches, y luego estaban seis o siete semanas sin aportar por allí. Razón le sobraba a doña Celia, que calificó de alocadas o locas de remate a la madre y la hija.

Redichas y despabiladas eran María Luisa del Milagro, Rosita Palomo y la vetusta y mal retocada Marquesa de San Blas; espléndida y maciza hermosura bien conservada en sus cuarenta años, tarda en el hablar y muy limitada en sus ideas, era Salomé Ulibarri de Galán; despuntaba Segismunda por su tiesura y por el tono que se daba, no perdiendo ocasión de aludir incidental y discretamente a sus improvisadas riquezas. Más de una noche, cuando traía la actualidad asunto político, digno de ser tratado por todos los españoles que entendían de estas cosas, los caballeros, dejando a las señoras que a sus anchas picotearan sobre modas o sobre lo caro que estaba todo en la plaza, se agrupaban en un rincón de la sala. Era este como abreviatura del Congreso, donde todo problema se ventilaba, entendiendo por ventilación que saliesen al aire opiniones poco diversas en el fondo, y que aleteando estuviesen entre bocas y oídos, volviendo al fin cada opinión a su palomar. Tratose allí por todo lo alto y todo lo bajo el gravísimo asunto de la Desamortización Civil y Eclesiástica, votada por las Cortes en Abril. ¿Por qué se obstinaba la Reina en no dar su sanción a esta ley? Desdichado papel hacían O'Donnell y Espartero cabalgando un día y otro en el tren de Aranjuez, con la Ley en la cartera, y volviéndose a Madrid cacareando y sin firma. Leovigildo Rodríguez y Aniceto Navascués no se mordían la lengua para sacar a la vergüenza pública, con sátira cruel, las cosas de Palacio. A la colada salieron el Nuncio, Sor Patrocinio, y clérigos palaciegos o gentiles hombres aclerigados.

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