Explore "El primer amor" by José López Portillo y Rojas on Textopian. Read with annotations and highlights.
Heme en la casa de doña Jacinta González, viuda de posibles y sin hijos, que reúne en su derredor una lucida colección de sobrinos de ambos sexos: tan cierto es así que el dinero no lo hace todo, y que necesita la familia para disfrutar una dicha verdadera. Algunas solteronas envejecidas o casadas estériles llenan este hueco con un falderillo o con una traílla de falderillos, a los que cuidan con esmero dándoles leche y chocolate, haciéndolos dormir en cama y tapados con sábanas finas, poniéndoles camisa, peinándolos con listones y cascabeles y llamándolos lindos, preciosos, reyes y otras cosas por el jaez, igualmente apasionadas. Doña Jacinta, en lugar de recoger perros, llamó en torno de sí a sus sobrinos, en lo que manifestó buen sentido; pues además de la superioridad del género los sobrinos la divertían mucho más de lo que hubieran podido hacerlo los falderillos, ya hubiesen sido de la raza liliputiense de Chihuahua, ya de la fea y ladradora de Guadalajara.
En efecto, los mencionados sobrinos -entendiéndose que en este plural van envueltas las sobrinas-, jóvenes todos entre quince y veinte años, traían la casa en peso, como suele decirse, solicitados a la continua por numerosos amigos, tocando el piano, cantando, improvisando tertulias y riendo y saltando como unos locuelos. Nunca he sabido a punto fijo a qué número ascendían estos alegres parientes colaterales; tal vez mi poca atención me hada ver distinta la cara de las mismas personas en dos días de visita a doña Jacinta. Lo cierto es que me figuraba eran tan numerosos como la familia de Israel, y que todos los días brotaba de la tierra un nuevo sobrino.